Tema:
La verdadera adoración surge cuando Dios es visto como Rey—insensurablemente grande, firmemente misericordioso y fielmente cercano a todos los que le invocan.
Tono:
Jubiloso y reverente.
Estructura:
Un voto personal de bendecir el nombre de Dios, que se amplía en un testimonio comunitario de la grandeza y compasión de Dios, y termina en un compromiso firme de que toda carne debe alabarle.
El llamado
El salmo comienza con un levantamiento deliberado del corazón: “Exaltaré… Bendeciré… cada día.” La alabanza aquí no es un estado de ánimo pasajero sino una postura elegida. El salmista entra en la adoración como en un ritmo sagrado—diario, duradero—porque Dios no es meramente útil, sino digno.
La reflexión
La alabanza se profundiza al contemplar lo que no puede medirse: la grandeza del Señor y el alcance inescrutable de sus obras. La adoración se convierte en testimonio—una generación hablando a la siguiente—porque la gloria de Dios es demasiado pesada para guardarla en privado.
Sin embargo, la maravilla de este salmo no es solo la majestad de Dios, sino su misericordia: Él es “misericordioso y compasivo,” lento para la ira, grande en misericordia. El Rey no está distante. Se inclina para sostener al caído, para levantar al abatido, para alimentar a todo ser viviente a su debido tiempo. Su reinado no es tiránico sino generoso; no es frágil sino eterno; no es selectivo sino desbordante—su cuidado se extiende por todo lo que ha hecho.
Aun así, el salmo mantiene un brillo moral: el Señor guarda a los que le aman y se opone al camino de los impíos. La adoración no es admiración vaga; es alineamiento reverente con la bondad de Dios.
La resolución
La nota final es serena y expansiva: el salmista vuelve a la alabanza personal—“mi boca hablará”—pero no puede terminar sin invitar a todo el mundo. La visión final no es la alabanza de un cantor aislado, sino el futuro adecuado de la creación: “toda carne” bendiciendo el nombre santo por los siglos de los siglos.
El Salmo 145 magnifica al Señor como el verdadero Rey cuyo reino perdura a todas las generaciones. En Jesús, esa realeza toma forma visible y salvadora. Cristo encarna la misericordia que celebra este salmo: acoge a los humildes, levanta a los agobiados y da pan que sacia de verdad.
La promesa del salmo de que Dios está “cercano a todos los que le invocan en verdad” encuentra su seguridad más profunda en el evangelio—Dios se acerca a nosotros en el Hijo, y por Él nos acercamos al Padre. Y conforme Jesús proclama e inaugura el reino de Dios, la alabanza de “toda carne” empieza a reunirse: un pueblo redimido que aprende, incluso ahora, la práctica diaria de bendecir su nombre.
El Salmo 145 es un acróstico alfabético en hebreo—cada versículo (en el original) comienza con la siguiente letra del alfabeto hebreo. Esta forma poética convierte la alabanza en una especie de devoción de la A a la Z, sugiriendo que la grandeza de Dios merece una adoración ordenada y de toda la vida—no una admiración dispersa, sino una bendición constante y comprensiva de su nombre.
“El SEÑOR es misericordioso y compasivo, lento para la ira y grande en misericordia.” — Salmo 145:8
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1. ¿Qué estructura poética se dice que tiene el Salmo 145 en hebreo?
2. Según la descripción, ¿qué hace el Señor en respuesta a los que claman a Él?