El comienzo: Esteban, uno de los diáconos designados en la iglesia de Jerusalén, es descrito como lleno de gracia y poder y realiza prodigios entre el pueblo. Algunos opositores disputan con él, pero no pueden resistir su sabiduría, y presentan acusaciones de que habla contra Moisés, la Ley y el templo. Esteban es llevado ante el Sanedrín, donde los testigos afirman que blasfema, y el sumo sacerdote le pide que responda a los cargos.
El desarrollo: Esteban responde con un largo discurso que repasa la historia de Israel —desde Abraham y los patriarcas, hasta Moisés y el éxodo, y luego el tabernáculo y el templo— destacando la presencia guía de Dios y la repetida resistencia humana. Subraya que los propósitos de Dios nunca estuvieron confinados a un solo lugar y cita a los profetas para mostrar que “el Altísimo no habita en templos hechos por manos.” Esteban pasa de la narración a la acusación, culpando al concilio de resistir al Espíritu Santo, de traicionar y asesinar “al Justo,” y de no guardar la Ley como fue intención. Cuando los dirigentes se enfurecen, Esteban declara una visión de Jesús de pie a la derecha de Dios.
El final: El concilio arrastra a Esteban fuera y lo apedrea, mientras los testigos echan sus vestiduras a los pies de un joven llamado Saulo. Al morir, Esteban ora para que su espíritu sea recibido por el Señor Jesús y pide que a sus asesinos no se les impute el pecado. La muerte de Esteban marca un momento decisivo de oposición que pronto intensificará la persecución y llevará el mensaje más allá de Jerusalén.
El discurso de Esteban presenta al Dios de Israel como fiel a Sus promesas del pacto y activamente presente con Su pueblo a lo largo de las generaciones, incluso fuera de la tierra y aparte de un santuario permanente. La narración confronta el peligro de tratar a las instituciones sagradas (la Ley y el templo) como fines en sí mismas, en lugar de como testigos de los propósitos de Dios que se cumplen en Jesús el Mesías. El martirio de Esteban retrata a Jesús exaltado a la diestra de Dios y muestra que el Cristo resucitado recibe y vindica a Sus testigos, aun en la muerte. La oración por perdón subraya que el evangelio llama a los enemigos al arrepentimiento, no solamente al juicio.
La lapidación era una forma reconocida de pena capital en la tradición judía bíblica (cf. Levítico 24:16; Deuteronomio 17:7). El detalle en Hechos de que los testigos echaron sus vestiduras responde a la necesidad práctica de mayor libertad de movimiento al arrojar piedras y refleja un lenguaje legal sobre “testigos” que inician la ejecución, aun cuando la escena en Hechos se desarrolla en medio de límites complejos de la autoridad local en la época romana.
“He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.” — Hechos 7:56
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1. ¿De qué acusaban los opositores de Esteban que él hablaba en contra?
2. ¿Qué hicieron los testigos mientras apedreaban a Esteban?