El encuentro:
Jesús va a Naín con sus discípulos, y una gran multitud lo acompaña. Cuando se acerca a la puerta de la ciudad, se encuentra con una comitiva fúnebre que saca el cadáver de un hombre—el hijo único de una viuda—con una numerosa concurrencia de la ciudad.
La intervención divina:
Al ver a la viuda, el Señor se compadece de ella y le dice, “No llores.” Luego toca el féretro, y los que lo llevaban se detienen. Jesús habla con autoridad mandatoria: “Joven, a ti te digo, levántate.”
El resultado inmediato:
El muerto se incorpora y comienza a hablar, y Jesús lo entrega a su madre. El temor se apodera del pueblo, y glorifican a Dios, diciendo, “¡Un gran profeta se ha levantado entre nosotros!” y “¡Dios ha visitado a su pueblo!” El rumor acerca de Jesús se extiende por toda Judea y la región circundante.
Esta resurrección muestra abiertamente la autoridad divina de Jesús sobre la muerte. Con una palabra, Él revierte lo que ningún poder humano puede deshacer, mostrando que su misión incluye la visita salvífica de Dios a su pueblo. La respuesta de la multitud—temor, glorificar a Dios y reconocer la visita de Dios—presenta el milagro como una señal que apunta a quién es Jesús y a la cercanía del reino de Dios.
En la vida judía del siglo I, una viuda sin marido ni hijo era particularmente vulnerable. Al devolverle el hijo único, Jesús no solo vence a la muerte sino que también restituye la seguridad familiar y la posición social de ella—un acto de misericordia tanto personal como públicamente visible en la puerta de la ciudad.
“Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.” — Lucas 7:14 (RVR1960)
Responde las preguntas a continuación. Al elegir una opción, verás el resultado y una explicación.
1. ¿Qué hizo Jesús que provocó que los cargadores de la procesión fúnebre se detuvieran?
2. Después de que el joven fue resucitado, ¿qué dijo la gente mientras glorificaban a Dios?